La autobiografía es la biografía escrita
por el mismo personaje, en primera persona y sin ayuda exterior. Están los diarios íntimos que escribe un autor con
el propósito de desahogarse y sin ninguna regularidad cronológica. Dentro del
género autobiográfico pueden incluirse los diarios,
en los que una persona registra los hechos de su vida con una cierta
periodicidad, y los epistolarios o
colecciones de cartas escritas por un autor, que a veces pueden incluir también
las que recibió. Los libros de viajes
suelen contener abundantes elementos autobiográficos, muchas veces ceñidos a la
subjetiva interpretación de los hechos.
jueves, 15 de agosto de 2013
jueves, 20 de junio de 2013
Autobiografia de Rodolfo Walsh (*)
Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó.
Nací en Choele-Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido reprochado por varias mujeres.
Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antiguedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.
Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos los dejó como única herencia. Este se llamaba "Mar Negro", y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero esta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.
Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi profesorado en letras.
Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.
La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años.
En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.
(*) Texto extraído del libro “Periodistas desaparecidos”, UTPBA
Nací en Choele-Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido reprochado por varias mujeres.
Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antiguedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.
Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos los dejó como única herencia. Este se llamaba "Mar Negro", y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero esta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.
Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi profesorado en letras.
Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.
La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años.
En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.
(*) Texto extraído del libro “Periodistas desaparecidos”, UTPBA
lunes, 27 de mayo de 2013
Siete consejos de Stephen King
Los consejos de los escritores de éxito -que parten de su experiencia cotidiana- son lecciones muy valiosas sobre la profesión, que todo escritor debe conocer. ¿Cuáles son los consejos de Stephen King?
1) Ve al grano.
No pierdas el tiempo de tus lectores con explicaciones sobre el trasfondo de la historia, largas introducciones o más largas anécdotas. Reduce el ruido. Reduce los balbuceos.Vete al grano antes de que el lector pierda la paciencia.
2) Escribe el borrador. Después déjalo descansar.
Escribe un borrador y a continuación déjalo reposar en un cajón durante unos meses antes de volver a leerlo. Después de esa lectura, todavía debes dejar reposar el manuscrito un par de días antes de empezar a corregirlo.
Este modo de trabajar te permitirá alejarte de las ideas que tenías cuando empezaste a trabajar en la historia, lo que te dará una perspectiva más clara y objetiva del texto. Eso te facilitará corregir, añadir o cortar (incluso ser implacable) y dará como resultado un texto mejor.
3) Reduce el texto.
Al revisar el texto es el momento de eliminar todas las palabras y frases superfluas. De este modo el mensaje ganará en claridad y seguramente en fuerza emotiva.
Eso sí, no elimines demasiado texto o puedes lograr el efecto contrario en su lugar. Lo ideal, como aprendí gracias a una carta de rechazo, es reducir el texto en torno a un 10%.
4) Que tu historia y personajes sean honestos y atraigan.
Por extraña que pueda ser la trama que presentes, no olvides que tus personajes tienen que ser creíbles, normales, reales.
Una de las claves para lograrlo es tener una voz y unos personajes honestos, con lado bueno y lado malo. Esto crea una fuerte conexión con el lector que puede identificarse con sus defectos, pasiones, miedos, debilidades y buenos momentos. Haz que tus personajes sean humanos.
Otra de las claves es mantener un estilo coloquial. Mantén la sencillez y usa un lenguaje que no sea innecesariamente complicado. Usa las palabras que primero te vengan a la mente.
5) No te preocupes demasiado por lo que puedan pensar los demás.
No debe importarte lo que digan tus conocidos, tu familia, tus lectores, los editores que rechazan tus obras o la crítica. Siéntate a tu escritorio cada día y escribe.
6) Lee mucho.
Cuando se lee siempre se cosecha algo. A veces puede ser un recordatorio de lo que sabes que deberías estar haciendo mientras escribes. A veces es una idea genial o simplemente la manera en que el escritor que lees construye la atmósfera de su historia. A veces es algo totalmente nuevo que te deja con la boca abierta. Y a veces se aprende lo que se debe evitar hacer. Casi siempre hay lecciones que podemos aprender.
Si quieres ser un mejor escritor tienes que leer mucho para obtener nuevas ideas, ampliar tus horizontes y profundizar en el conocimiento. Además, para evolucionar como escritor es necesario que mezcles influencias para ver qué pasa.
¿Cómo encontrar tiempo para leer más? Apaga la televisión. Aprovecha cada instante. Lleva siempre un libro encima.
7) Escribe mucho.
He dejado el consejo más importante para el final. Para llegar a ser un mejor escritor seguramente —aunque no suponga una sorpresa— necesitas escribir más. Muchos de los mejores en los diferentes campos —Bruce Springsteen, Michael Jordan o Tiger Woods— han ido más allá de los límites normales de la práctica. Y así han logrado resultados extraordinarios.
Pero ¿qué hacer cuando no tengo ganas de escribir? Desde luego, aguardar la inspiración puede llegar a ser una larga espera.
Una buena manera de evitar esa falta de ganas es encontrar una solución eficaz para reducir la procrastinación. Es posible que tengas que probar varias antes de encontrar una que funcione contigo. Otra manera es, simplemente, ponerte a escribir. Cuando te acostumbres a hacerlo descubrirás que esa resistencia inicial se convierte en entusiasmo.
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consejos para el escritor,
Stephen King
martes, 7 de mayo de 2013
Dickens edita a Dickens
La implacable tarea de corregir
Dickens edita a Dickens, es el el título de la nota que apareció en el New York Times (on line) del 1 de diciembre de 2009.
Gracias a ella, se puede acceder a la versión manuscrita (on line) de A Christmas Carol, del escritor inglés Charles Dickens. En ese texto se puede apreciar el minucioso trabajo de corrección que realizó el autor a su obra.
Es un "bocadillo" para escritores, editores y correctores.
Estos son los links de la nota:
http://documents.nytimes.com/looking-over-the-shoulder-of-charles-dickens-the-man-who-wrote-of-a-christmas-carol#p=1
http://cityroom.blogs.nytimes.com/2009/12/01/a-christmas-rewrite-as-dickens-edits-dickens/?hp
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corrección,
novela
Una discreta autobiografía
Al ensayo "Cartas a un joven novelista", Mario Vargas Llosa lo define así: "Se trata, pues, de un libro muy personal y, en cierto modo, de una discreta autobiografía".
Querido amigo:
Su carta me ha emocionado, porque, a través de ella, me he visto yo mismo a mis catorce o quince años, en la grisácea Lima de la dictadura del general Odría, exaltado con la ilusión de llegar a ser algún día un escritor, y deprimido por no saber qué pasos dar, por dónde comenzara cristalizar en obras esa vocación que sentía como un mandato perentorio: escribir historias que deslumbraran a sus lectores como me habían deslumbrado a mí las de esos escritores que empezaba a instalar en mi panteón privado: Faulkner, Hemingway, Malraux, Dos Passos, Camus, Sartre.
Muchas veces se me pasó por la cabeza la idea de escribir a alguno de ellos (todos estaban vivos entonces) y pedirle una orientación sobre cómo ser un escritor. Nunca me atreví a hacerlo, por timidez, o, acaso, por ese pesimismo inhibitorio —¿para qué escribirles, si sé que ninguno se dignará contestarme?— que suele frustrar las vocaciones de muchos jóvenes en países donde la literatura no significa gran cosa para la mayoría y sobrevive en los márgenes de la vida social, como quehacer casi clandestino.
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autobiografía,
Mario Vargas Llosa
jueves, 7 de febrero de 2013
¿Escribir con mapa o con brújula?
El proceso de escritura de una novela es una tarea muy personal, y por eso cada escritor tiene su método o su manera de trabajar con la palabra, la trama, los personajes...
Javier Marías relata en este video parte del proceso de creación de su novela "Los enamoramientos" (Alfaguara) y explica su original teoría sobre ser un escritor con mapa o con brújula.
http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2011/12/los-enamoramientos-de-marias-mejor-libro-de-2011.html
jueves, 14 de junio de 2012
Retrato de una generación
Jorge Fernández Díaz habla de su novela Fernández, en la que cuenta la historia de un periodista de cuarenta años, desencantado y, a la vez, nostálgico de las luchas ideológicas. Al narrar esa vida, pinta un fresco descarnado de la generación de quienes dejaban la adolescencia en la década del ochenta.
"Ese escepticismo que es un escudo, también es un salitre. No se puede vivir sin ideales, sin certezas. Esa falta de certidumbres no es patrimonio únicamente de los argentinos: es un rasgo común de los hombres y mujeres del mundo occidental nacidos en los años 60. Lo que cuento en mi libro es el vacío posmoderno. Creemos en verdades superpuestas. Comprobamos todos los días que detrás de una verdad hay otra y detrás de ésta, otra. Ese vacío, ese baile de máscaras, nos hace tipos de éxito, egoístas, que están muy bien por fuera y muy mal por dentro. La historia de esa generación no ha sido contada nunca. Es como si los que teníamos sueños en la década del 80 no existiéramos, somos una nueva generación perdida. Mamá es una crónica novelada de lo que les pasó a los inmigrantes. Es una novela verídica, periodística, no en vano comienza con una cita de Capote. En Fernández, pensé hacer lo mismo. Pero me di cuenta de que a medida que escribía falseaba las cosas. La crónica, que busca regirse por la verdad, me llevaba a decir mentiras. Entonces pensé que la solución para hablar de mi generación era recurrir a la ficción. La verdad, paradójicamente, iba a surgir de la ficción. Por eso Fernández, en cuanto al género, es una novela. Tomé todos los personajes que conocí, lo que leí, las situaciones por las que pasé, por las que pasaron otros, lo que imaginé y lo que imaginaron otros y, con todo ese material, construí mi libro. Fernández, el narrador, por ejemplo, lleva mi apellido, pero no soy yo, aunque tiene mucho de mí. Responde a los rasgos de muchos hombres de mi generación".
Link de la nota http://www.lanacion.com.ar/793635-la-enfermedad-de-no-creer-en-nada
"Ese escepticismo que es un escudo, también es un salitre. No se puede vivir sin ideales, sin certezas. Esa falta de certidumbres no es patrimonio únicamente de los argentinos: es un rasgo común de los hombres y mujeres del mundo occidental nacidos en los años 60. Lo que cuento en mi libro es el vacío posmoderno. Creemos en verdades superpuestas. Comprobamos todos los días que detrás de una verdad hay otra y detrás de ésta, otra. Ese vacío, ese baile de máscaras, nos hace tipos de éxito, egoístas, que están muy bien por fuera y muy mal por dentro. La historia de esa generación no ha sido contada nunca. Es como si los que teníamos sueños en la década del 80 no existiéramos, somos una nueva generación perdida. Mamá es una crónica novelada de lo que les pasó a los inmigrantes. Es una novela verídica, periodística, no en vano comienza con una cita de Capote. En Fernández, pensé hacer lo mismo. Pero me di cuenta de que a medida que escribía falseaba las cosas. La crónica, que busca regirse por la verdad, me llevaba a decir mentiras. Entonces pensé que la solución para hablar de mi generación era recurrir a la ficción. La verdad, paradójicamente, iba a surgir de la ficción. Por eso Fernández, en cuanto al género, es una novela. Tomé todos los personajes que conocí, lo que leí, las situaciones por las que pasé, por las que pasaron otros, lo que imaginé y lo que imaginaron otros y, con todo ese material, construí mi libro. Fernández, el narrador, por ejemplo, lleva mi apellido, pero no soy yo, aunque tiene mucho de mí. Responde a los rasgos de muchos hombres de mi generación".
Link de la nota http://www.lanacion.com.ar/793635-la-enfermedad-de-no-creer-en-nada
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crónica,
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