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domingo, 13 de octubre de 2013

La escritura automática, un recurso para que fluyan las palabras..., y los recuerdos

El Surrealismo propone para la creación poética la "escritura automática". Pero ésta no es privativa de la poesía, también se puede recurrir a ella para dejar fluir el propio pasado sin trabas, para recuperar la memoria.

¿En qué consiste la escritura automática? André Bretón creador del Surrealismo la explica así: "Escribid rápidamente, sin tema preconcebido, bastante deprisa como para no olvidar y no sentir la tentación de releeros. La frase vendrá por sí sola, pues es verdad que, en cada segundo, hay una frase extraña a nuestro pensamiento consciente, que sólo pide expresarse". 

Octavio Paz relata su experiencia: 

"Escribí ¿ Águila o sol? entre 1949 y 1950. Me parece ser el libro mío más cercano al surrealismo. En casi todos esos textos está, más o menos presente, el automatismo. Nunca me entregué totalmente a la escritura automática. El libro es una especie de mezcla de surrealismo y preocupación por el mundo precolombino. 
"Fue una exploración del subsuelo mítico de México y una autoexploración de mi propio subsuelo.

"Dama huasteca

Ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién salida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volcán. En su vientre un águila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. 
Viene de lejos, del país húmedo. Pocos la han visto. Diré su secreto: de día, es una piedra al lado del camino; de noche, un río que fluye al costado del hombre".

miércoles, 17 de febrero de 2010

¿Una biografía es una ficción basada en documentos?

Quien desea escribir una biografía, precisa contar con ciertos recursos y herramientas. Las fuentes son de gran importancia, tanto como el uso que se hace de ellas y la subjetividad de quien escribe.

Una de las cosas que marcan una diferencia entre autobiografía y biografía son las fuentes de información disponibles para contar la vida del “personaje” elegido, y cómo se sitúa el escritor ante los datos reunidos y lo que sabe.
El autobiógrafo vivió los acontecimientos de su vida, por eso los conoce. Recurre a su memoria para escribirlos y, muchas veces, reinterpretarlos: encontrar explicaciones a lo vivido y sus consecuencias, hallar un sentido a su vida, descubrir un hilo conductor que enhebre distintos hechos a lo largo de los años, que se le devele una coherencia oculta detrás de ciertas vivencias...
En cambio, pocas veces el biógrafo cuenta con su memoria para narrar la vida de otro; en ocasiones, puede recrear momentos que compartió con ese otro (Ver entrada del 1 de febrero de 2010, Una voz intensa e irrepetible, por Santiago Kovadloff).
Por lo general, carece de ese privilegio, lo que inexorablemente lo lleva a recurrir a fuentes de información externas: documentos, cartas, fotos, entrevistas, árbol genealógico, etc. para crearse una imagen aproximada del ser que habitó un cuerpo y realizó una obra. Las fuentes tienen poca vinculación con la interioridad de esa persona. Pero, a través de los datos recopilados, se dispone como un arqueólogo a descubrir o redescubrir la vida de ese ser humano y escribir su biografía. (Ver entrada del 17 de febrero de 2010, Freud, corazón, cocaína y tabaco, por Lic. Norberto Litvinoff)
Esa incursión por la vida del otro será siempre una aproximación a la verdad de esa persona, una recreación que estará atravesada por la subjetividad del escritor. Tal vez por eso, algunos consideran que una biografía es una ficción basada en documentos. Es inevitable que el biógrafo no sienta empatía por compartir un rasgo de carácter, o que no le toquen sus emociones algunos hechos o tengan un eco particular en su propia historia, o que no comparta con esa persona una manera de mirar el mundo. Esto es lo que ocurre cuando se siente admiración. Sin embargo, existen biografías que han sido escritas con el único propósito de denostar a un personaje histórico; en ellas, la subjetividad del escritor también está presente, ¿o acaso alguien lo duda?

Por lo tanto, lo primero que se plantea quien desea escribir sobre la vida de otro es: ¿qué vida deseo rescatar del olvido?, ¿qué es lo valioso de esa persona que pretendo mostrarle al mundo? y ¿qué tipo de imagen busco presentarle al lector? Al responder estas tres preguntas ya se tiene el quién, el por qué y la dirección para poder empezar la investigación.
Mecha Carreira.



lunes, 4 de enero de 2010

Prosa y prosa poética... dos opciones para el escritor

Existen muchas variantes para escribir un relato autobiográfico en prosa. Las obras de Jorge Luis Borges y Olga Orozco ofrecen un interesante contraste. Borges, para contar su vida, recurre a un texto despoblado de imágenes y recursos estilísticos, parco en adjetivos, casi informativo. En cambio, Orozco elige una prosa poética, que al mismo tiempo que narra persigue transmitir sensaciones, impresiones y visiones de su mundo.


En An autobiographical essay (entrada del 28 de diciembre de 2009), Borges se propuso narrar los hechos destacados de su vida. Lo hizo con una prosa directa, clara, cuidada y despojada de artificios.
Su sintaxis (en estos párrafos y en toda su narrativa) se caracteriza por sus oraciones casi siempre breves. Los escasos períodos extensos están fragmentados por comas que le permiten una acumulación semántica, con la que persigue aclarar o destacar una idea y enriquecer lo expuesto, pero se ajustan escrupulosamente a lo que quiere decir.
Los adjetivos empleados por Borges son relativamente escasos (como contraparte, se observa en ciertas obras el uso reiterado de algunos), no intentan calificar la realidad o determinarla, sino señalarla de manera abstracta o individualizarla. Sin embargo, a medida que transcurrieron los años su narrativa se despoja de ellos, hasta llegar a una austeridad en la que los sustantivos emergen desnudos en el texto.
Para el racional Borges, el mundo se presenta como un espacio mágico donde todo puede acontecer, en el que generalmente la mano oscura de un dios incomprensible promueve cambios sin sentido. Esta idea se refleja en sus escritos y también está presente en su vida: “pero por superstición no quise entrar. ‘No hasta que consiga el trabajo’, dije”.
El cuidado y pulido español de Jorge Luis Borges, en cuanto a búsqueda de sobriedad, precisión y universalismo, también se observa en Olga Orozco.
En Relámpagos de lo invisible (entrada del 23 de diciembre de 2009), ella narra los recuerdos de su infancia, a tal punto están potenciados por la poesía que destilan, que parecería que predomina lo poético sobre la intención de contar. El tono elegíaco tiñe el espacio paradisíaco de su niñez y su hogar que evoca con nostalgia. A eso se suma la sutil incrustación de lo mágico, de lo maravilloso, en lo cotidiano. Aquí, y en otras obras, sus recuerdos están plagados de prodigios vividos, soñados o augurados.
Olga Orozco, ya en sus primeros poemas, tiene una voz propia, definida, neorromántica y surrealista, una estructura poética límpida y ritmos envolventes. Su
prosa poética no es otra cosa que poesía sin métrica ni rima. Sus elaboradas y singulares imágenes no caen en lo rebuscado, tampoco en lo cursi o el lugar común. Al compartir su mirada mágica del mundo y la belleza de los sentimientos que la embargan, cautiva, emociona y enmudece al lector. Su estilo personal y directo, y el tono oracular que lo caracteriza, se despega de lo terreno y eleva a quien se adentra en el texto que encierra la interioridad de la autora.
Mecha Carreira.