Almudena Grandes rescata un episodio de la Guerra Civil española del año 1944, la invasión del Valle de Arán, para mezclar la ficción y la realidad en una novela histórica .
¿Cómo hacer interactuar personajes históricos y ficcionados? Es una duda que se plantean infinidad de escritores.
¿Cómo lo resuelve Almudena Grandes? Ella confiesa que para escribir Inés y la alegría -la primera novela de las seis que integrarán Episodios de una guerra interminable-, tomó como modelo a Benito Pérez Galdos para construir una historia con minúscula, que es la de ficción, que encajara dentro de un episodio real, la historia con mayúsculas -según sus palabras-.
En un reportaje relata su experiencia como escritora. .
Link: http://youtube.com/watch?v=svPhgYePsNQ&feature=related
viernes, 15 de abril de 2011
viernes, 7 de mayo de 2010
Me gusta leer, vibrar al compás de las palabras... ¡y también escribir!
Sí, los lectores también son escritores. La misma emoción que se surge al leer una historia, se puede sentir al escribirla, al elegir las palabras, al perfilar los personajes, al buscar las pasiones que los impulsan, al desentrañar los miedos que los paralizan, al descubrir la sombra que los transforma en seres complejos, con pliegues y repliegues ocultos en el alma. Invito a disfrutar este video que refleja el inmenso placer que sentimos quienes amamos y disfutamos la lectura.
http://www.youtube.com/watch?v=oX1LM9HIk_s
http://www.youtube.com/watch?v=oX1LM9HIk_s
viernes, 30 de abril de 2010
Confesiones de un escritor: Ítalo Calvino
Todos sentimos curiosidad por saber qué hacen los grandes creadores cuando se enfrentan a la hoja en blanco, cómo acostumbran trabajar, cuáles son sus hábitos, cómo batallan con las ideas... En estos breves párrafos, Ítalo Calvino comparte sus experiencias y sensaciones, y marca un contraste entre invención y realidad, entre escribir ficción o un relato autobiográfico.
"Escribo a mano y hago muchas, muchas correcciones. Diría que tacho más de lo que escribo. Tengo que buscar cada palabra cuando hablo, y experimento la misma dificultad cuando escribo. Después hago una cantidad de adiciones, interpolaciones, con una caligrafía diminuta.
Me gustaría trabajar todos los días. Pero a la mañana invento todo tipo de excusas para no trabajar: tengo que salir, hacer alguna compra, comprar los periódicos. Por lo general, me las arreglo para desperdiciar la mañana, así que termino escribiendo de tarde. Soy un escritor diurno, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero cuando lo hago no duermo. Así que trato de evitarlo.
Siempre tengo una cantidad de proyectos. Tengo una lista de alrededor de veinte libros que me gustaría escribir, pero después llega el momento de decidir que voy a escribir ese libro.
Cuando escribo un libro que es pura invención, siento un anhelo de escribir de un modo que trate directamente la vida cotidiana, mis actividades e ideas. En ese momento, el libro que me gustaría escribir no es el que estoy escribiendo. Por otra parte, cuando estoy escribiendo algo muy autobiográfico, ligado a las particularidades de la vida cotidiana, mi deseo va en dirección opuesta. El libro se convierte en uno de invención, sin relación aparente conmigo mismo y, tal vez por esa misma razón, más sincero".
"Escribo a mano y hago muchas, muchas correcciones. Diría que tacho más de lo que escribo. Tengo que buscar cada palabra cuando hablo, y experimento la misma dificultad cuando escribo. Después hago una cantidad de adiciones, interpolaciones, con una caligrafía diminuta.
Me gustaría trabajar todos los días. Pero a la mañana invento todo tipo de excusas para no trabajar: tengo que salir, hacer alguna compra, comprar los periódicos. Por lo general, me las arreglo para desperdiciar la mañana, así que termino escribiendo de tarde. Soy un escritor diurno, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero cuando lo hago no duermo. Así que trato de evitarlo.
Siempre tengo una cantidad de proyectos. Tengo una lista de alrededor de veinte libros que me gustaría escribir, pero después llega el momento de decidir que voy a escribir ese libro.
Cuando escribo un libro que es pura invención, siento un anhelo de escribir de un modo que trate directamente la vida cotidiana, mis actividades e ideas. En ese momento, el libro que me gustaría escribir no es el que estoy escribiendo. Por otra parte, cuando estoy escribiendo algo muy autobiográfico, ligado a las particularidades de la vida cotidiana, mi deseo va en dirección opuesta. El libro se convierte en uno de invención, sin relación aparente conmigo mismo y, tal vez por esa misma razón, más sincero".
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viernes, 23 de abril de 2010
Nunca se cuelga, nunca necesita ser reiniciado...
En el día de la lengua, una reflexión-homenaje a "un dispositivo de conocimiento bio-óptico organizado" producida por Leerestádemoda
Las cualidades de este adelanto tecnológico permiten asegurar que el libro seguirá existiendo por mucho tiempo más, porque: "Book" es una revolucionaria ruptura tecnológica, sin cables, sin circuitos eléctricos, sin baterías, sin necesidad de conexión. Compacto y portátil puede ser utilizado en cualquier lugar...
¿Se despertó su curiosidad? Entonces dedique unos minutos para ver el video ¿Conoces el book? de Leerestádemoda
http://www.youtube.com/watch?v=iwPj0qgvfIs
Las cualidades de este adelanto tecnológico permiten asegurar que el libro seguirá existiendo por mucho tiempo más, porque: "Book" es una revolucionaria ruptura tecnológica, sin cables, sin circuitos eléctricos, sin baterías, sin necesidad de conexión. Compacto y portátil puede ser utilizado en cualquier lugar...
¿Se despertó su curiosidad? Entonces dedique unos minutos para ver el video ¿Conoces el book? de Leerestádemoda
http://www.youtube.com/watch?v=iwPj0qgvfIs
lunes, 19 de abril de 2010
Todo es vestido: Coco Chanel, por Margo Glantz
“(…) Cocó Chanel se llamaba Gabrielle y nació en una provincia francesa indomable que se dejó romanizar a desgano y conquistó a sus conquistadores, obligándoles a consumir su famoso queso de gabales, ya desde entonces. (…) Gabrielle significa, en hebreo, fuerza y poder y la onomancia predice a quienes llevan ese nombre un brillo durable en el transcurso de la vida. (…) El único destino de Chanel: ser costurera de pueblo, morir de tisis, o ser la irregular de un joven de provincia. Gabrielle elige lo segundo, y en sus ratos de ocio confecciona sombreros para sus amigas. El destino de Chanel está fijado: unos sombreros femeninos muy graciosos porque son copiados de los sombreros masculinos; un color definitivo y poco usado, el negro, antes color de luto y desde Chanel color que nunca pasa de moda, unos cuellos blancos, de colegiala, una corbata de lazadas, un tipo de tela suelta, al estilo de la que usan los hombres, sobre todo cuando se ponen de sport, cuando montan a caballo, y un corte de pelo, el pelo a la garçonne. Curiosamente, esta modificación del atuendo que anticipa el unisex libera a la mujer. La libera de las fajas, de las colas, del empaquetamiento, de la formalidad, en una palabra, les permite soltarse el pelo. Ese pelo suelto que rodaba como cascada por los hombros de las mujeres decimonónicas cuando se ponían en toilette de cama, se suelta ahora apenas hasta las orejas y la mujer estiliza su cuerpo y defiende su cintura sin esclavizarla. (…) Su paso por el music hall sólo deja una secuela, la de su apodo Cocó. Cocó no canta pero su rítmico nombre define una nueva época y una nueva condición femenina. (…)
Olvidaba decirlo. Cocó nace en 1884, en plena belle époque. Su primer amante, personaje con aire a la Proust, le presenta al hombre de su vida, Boy Capel, joven inglés. Hombre de su vida en el doble sentido del término, porque lo amó por sobre todas las cosas y porque fue él quien la convenció de abrir su casa de costura. Casa que habría de competir con el gigante de la época: Poiret. Chanel vence a Poiret porque es una mujer quien se decide a vestir a las mujeres y muchas advierten la ventaja. Con Boy Capel, Cocó empieza a ser Chanel, primero en Deauville, luego en París.
Muy pronto es célebre y rica y su historia se condimenta: acorta las faldas y vive con un príncipe ruso, Dimitri Pavlovich Romanov, y una polaca, Misia, cambia su estilo de vida. Luego aparecen Diaghilev Stravinski y Cocó se vuelve Mecenas. La poesía se inserta con Reverdy, de quien fue amante y amiga eterna. Picasso entra al panorama y quizá a sus paredes y la casa situada en el número 31 de la calle de Cambon en París se fija desde 1910 como centro de la moda. Cocteau la vuelve griega y ella diseña vestidos para su teatro: Artaud pasa a su lado cuando aún es el bello poeta, y Hollywood adopta sus modelos: Cocó es ya un nombre internacional, en ella puede verse ya la extensión del poder de la firma.
Siguen las modas, apenas variadas, siempre con la marca de Chanel en el hombro y pasan los amantes. Iribe, luego los grandes amigos, algunos grandes nombres, pre jet-set. También la mancha negra, el amor siniestro por un jefe de la Gestapo, Von D..., más conocido por su sobrenombre, Spatz, el gorrión. Spatz le vale a Gabrielle ser una desterrada y ni el perfume Chanel N.º 5 que vestía los cuerpos más desnudos pudo salvar a Cocó de su indignidad... durante un tiempo, porque París olvida como todos olvidamos (la memoria histórica es tan frágil como la virtud) y Cocó Chanel vuelve a reinar como La Dama de la Costura.
¡Pobre Chanel! Sus amores estuvieron siempre guiados por el afán de la regularidad. Siempre pensó que alguno de sus amantes se casaría con ella: primero Capel, luego aquel Duque de Westminster que usaba los zapatos sucios y mandaba planchar sus agujetas; más tarde Von D... Curioso destino el de esta mujer: haber liberado el cuerpo de las otras mujeres, haberles dado un paso ágil, una desnudez posible, un gozo de la piel, una elasticidad movimentada por las texturas de las telas y haber permanecido enganchada al coser tradicional del matrimonio, corset que por obra de su aguja ella desterró de las cinturas.
Brevísima biografía de las ideas de Coco
http://www.youtube.com/watch?v=cq6TkJnw1_A
Coco define la elegancia
(Entrevista en francés)
http://www.youtube.com/watch?v=qu3-Z32ljIE&feature=related
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miércoles, 7 de abril de 2010
Los dieciséis consejos de "Georgie"
Adolfo Bioy Casares, en un numero especial de la revista francesa L’Herne, confesó que junto con Borges y Silvina Ocampo proyectaron escribir a seis manos un relato ambientando en Francia sobre un joven escritor de provincias. Nunca lo escribieron, pero de aquel intento ha quedado una irónica lista de dieciséis consejos escrita por Borges. En ella especifica lo que, según su criterio burlón e inteligente, un escritor no debe poner nunca en sus libros.
En literatura es preciso evitar:
1. Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.
2. Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.
3. La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.
4. En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.
5. En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector.
6. Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.
7. Las frases, las escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.
8. La enumeración caótica.
9. Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.
10. El antropomorfismo.
11. La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.
12. Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.
13. Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.
14. En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.
15. Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:
16. Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.
Jorge Luis Borges
En literatura es preciso evitar:
1. Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.
2. Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.
3. La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.
4. En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.
5. En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector.
6. Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.
7. Las frases, las escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.
8. La enumeración caótica.
9. Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.
10. El antropomorfismo.
11. La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.
12. Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.
13. Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.
14. En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.
15. Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:
16. Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.
Jorge Luis Borges
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jueves, 25 de marzo de 2010
“Esto no existió, pibe”, por Mempo Giardinelli *
Acaba de morir la persona que me ayudó a salir del país en plena dictadura. Fue después del golpe, cuando yo trabajaba por la mañana en el diario Crónica y por las tardes en la revista Siete Días. Entre 1971 y 1976 fui delegado sindical de la vieja Asociación de Periodistas de Buenos Aires, y este hombre era la mano derecha de la familia Civita en la hoy desaparecida Editorial Abril. Con él mantuvimos un constante y a veces durísimo enfrentamiento sindical y nunca disimulamos el desprecio que nos dispensábamos. En esos tiempos, el periodismo argentino vivía bajo la espantosa opresión de las Tres A de López Rega y sus secuaces apellidados Villone y Conti, a quienes, ya con Videla, sucedió un oscuro capitán Carpintero. El resultado, como se sabe, fue una carnicería en nuestro gremio. En los mismos días en que se produjo el golpe, la Editorial Losada planeaba lanzar mi primera novela, pero obviamente decidieron retenerla en bodegas y no se atrevían a distribuirla. Con muchos otros libros sucedió lo mismo. Hasta que una noche de comienzos de junio, por vaya a saber qué rutina o denuncia (si es que entonces eran cosas diferentes), cayó el Ejército a la editorial.
El allanamiento incluyó la quema de libros, entre ellos el mío y una novela de Eduardo Mignogna y otra, creo, de Ricardo Piglia. Uno de los editores me avisó de inmediato y esa misma noche recibí amenazas más directas. Abandoné mi departamento y no fui más a trabajar. Pasé momentos muy feos, aunque también descubrí la maravillosa solidaridad de algunos amigos. Estuve en dos o tres casas, mientras decidía cómo salir del país. Pero no tenía dinero, ni propiedades, ni una estructura política que me apoyara puesto que ya no pertenecía a ninguna. Ni siquiera tenía pasaporte. Así que al cabo de dos o tres semanas, no recuerdo bien, decidí llamar a este hombre que era ya presidente del directorio de la Editorial Abril. Era muy poderoso, creo que por entonces era testaferro o algo así de la familia Civita, que ya se había empezado a mudar a Sao Paulo, Brasil.
–Estaba esperando tu llamada –me dijo, tuteándome por primera vez.
–Bueno, entonces sabe por qué lo llamo –le dije–. Necesito ayuda para irme y no sé dónde encontrarla.
Me citó en la planta alta del Florida Garden a las seis de la tarde del día siguiente. Yo no pude dormir preguntándome por qué razón ese hombre iba a ayudarme, si durante años habíamos sido adversarios. Podía entregarme fácilmente y eso me aterraba, pero no tenía respuesta ni con quién consultar nada. Me dirigí, nomás, a la cita. No quise avisar a nadie, para no comprometer a terceros. Era una jugada a cara o cruz. El hombre, trajeado, altísimo y serio, había terminado su café cuando llegué y me senté en la silla de enfrente. El fue al grano.
–Qué necesitás y a dónde querés ir.
–No tengo nada –le dije–. Ni pasaporte ni dinero. Ni culpas. Y quisiera ir a un país en el que pueda laburar en castellano. España, Venezuela, México, me da lo mismo.
–Necesito fotos tuyas –dijo–. ¿Tenés?
Le dije que no y me pidió que le hiciera llegar una con urgencia. Pero por favor, aclaró, sin barba y con pelo corto. Me fastidió un poco cierta sonrisa suficiente que creí verle, pero le prometí que esa misma tarde le mandaría un par, así su servicio sería completo. El hombre soslayó la ironía y pagó su café y el mío, que llegaba en ese instante.
–Hacémela llegar esta tarde y te veo aquí dentro de tres días, a la misma hora –y se retiró.
Esa tarde me corté el pelo y me afeité. Me dejé el bigote tupido y me peiné a la gomina. Si me llegaba a poner anteojos oscuros, ya se imaginarán a qué me parecía. Me tomé las fotos y se las hice llegar con una amiga que iba para el centro. Tres días después volví a sentir que entraba a la boca del lobo, pero no tenía alternativa. Y allí estaba él. La misma mesa, el mismo traje, la misma expresión suficiente y carente de emociones. No terminé de sentarme, cuando él me extendió un sobre alargado y poniéndose de pie me disparó tres frases cortitas e inolvidables:
–Todo esto no existió, pibe. Yo nunca te ayudé. Que tengas suerte.
Y bajó por la escalera, mientras yo lo seguía con la mirada hasta que se perdió entre el gentío de la planta baja. Entonces revisé el sobre: había un pasaporte irreprochable; un boleto a México, vía Caracas, por Pan American, sólo de ida y para tres días después; y 60 dólares en tres billetes de 20.
La partida fue otra sucesión de miedos: aguantar la ansiedad de esos tres días, cruzar dos retenes en el trayecto a Ezeiza, las horas tensas antes de subir al avión, y la tensión suplementaria de los últimos minutos antes de levantar vuelo. Después, en esta historia, hay un hiato de casi nueve años. Regresé del exilio en diciembre de 1984 y creo que fue algunas semanas después cuando me decidí a ir a visitarlo al diario Tiempo Argentino, que él había fundado y dirigía, según se decía con dinero de la Marina o de Massera. En el larguísimo edificio del fondo de la Avenida Vélez Sársfield, antes del puente sobre el Riachuelo, sentí el choque de mis emociones. Yo había trabajado allí en el breve diario La Tarde con Jacobo Timerman, en el tremendo verano del ‘76. Y ahora allí mismo, arriba, en la pecera superior de la dirección del diario, en vez de Jacobo estaba la figura imponente de este hombre. Que justo se dio vuelta y miró hacia abajo, como para vigilar el estado de la redacción poblada y ruidosa, y me vio.
Le vi la sonrisa desde lejos, yo también sonreí, y caminé hacia su oficina. Me hizo pasar enseguida y estuvo muy amable. Me preguntó por México, por la que había sido mi mujer y por mis hijas, y hasta me dijo que había leído mi novela Luna caliente. Y después me preguntó qué necesitaba.
–En realidad, sólo vine a agradecerle lo que hizo –le dije.
Él vaciló un segundo, pero enseguida se repuso.
–No hay nada que agradecer. Yo nunca hice nada por vos. Sonrió, creo que divertido. Y cambió de tema.
–¿Necesitás trabajo?
–No, gracias –le dije–. Ya tengo. –Y nos dimos la mano y nunca más lo vi.
Años más tarde, lamenté que fuera hombre de Menem, pero, después de todo, entendí que era coherencia pura, nomás. Y ahora que me entero que Raúl Horacio Burzaco ha muerto, hace dos semanas, me parece que estas líneas son un poco el agradecimiento que él nunca quiso aceptar, y otro poco un testimonio mío, nomás. Que descanse en paz.
* Publicado en el diario Página 12
Link http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index-2004-02-20.html
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