lunes, 1 de febrero de 2010

Tomás Eloy Martínez en la memoria de quienes lo conocieron y admiraron

"Sufrió el silencio de los academicistas de la literatura y la quema de sus obras durante la dictadura militar", sintetiza Osvaldo Bayer, "tuvo el coraje de describir ciertos crímenes de la sociedad establecida, como el asesinato de prisioneros políticos en (la ciudad de) Trelew (en 1972). Esto bastó para que tuviera que exiliarse del país. Ese libro fue quemado por el régimen uniformado". Y, por otro lado, pese a que las obras Santa Evita y La novela de Perón demostraron que Eloy Martínez era un "escritor brillante, quizás uno de los más brillantes de su generación, los academicistas nunca lo colocaron en ningún pedestal".


Una voz intensa e irrepetible
Por Santiago Kovadloff

Lo recuerdo en una vieja plaza de Buenos Aires mientras hamacaba a su hija. En Lisboa, cuando bebíamos juntos un vino lento. En Tel Aviv, mientras leía un fragmento, inédito todavía, de su Santa Evita.
Lo recuerdo en Maryland mientras discutía acaloradamente acerca del papel de los intelectuales en los años del Proceso Militar.
Su palabra fue constante y fructífera en las reuniones sucesivas del Foro Iberoamérica: en la Ciudad de México, en Buenos Aires, en Bogotá. Hombre de letras de pies a cabeza. Escritor cabal en todos los géneros que supo hacer suyos: la crónica, el artículo, la novela.
El tono de su voz perdurará en mi memoria. La huella que dejó en su alma y en sus ojos la muerte de su mujer. El mismo empezó a morir en el instante atroz en que perdió a Susana. Pero el silencio no devoró su agonía. Por el contrario: el dolor potenció su expresión. Se pronunció hasta el final. Enfermo, supo infundir a todo lo que escribía la intensidad de lo vivo. Lo admiré aun antes de conocerlo. Su relato del encuentro que mantuvo con Martin Buber iluminó mi comprensión del gran pensador judío.
Tomás fue un notable pintor de atmósferas. Lo fascinaban las singularidades, lo irrepetible. Sabía fijar en expresiones únicas el flujo del tiempo que no vuelve. Ilustró con fervor su creencia de que era en la ficción donde los hechos del pasado recobraban la intensidad y la elocuencia que el transcurso del tiempo les arrebata.
El azar nos llevó a coincidir en numerosas circunstancias. No fuimos amigos íntimos pero celebramos siempre nuestros encuentros casuales mediante complicidades momentáneas y una cordialidad sostenida.
Me alentaba sin cesar a difundir mis ensayos en Europa. Se rebelaba contra cierta indolencia mía en la materia. Yo, a mi vez, le reconocía una vitalidad, en ese tipo de emprendimientos, de la que me sentía y me siento francamente privado.
A fuerza de cruzarnos en tantas latitudes, confiaba hasta hoy que volveríamos a vernos. Ahora sé que no. Que ya no.

Link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1228320&pid=8225003&toi=6261



La voluntad sobrehumana para escribir hasta el último segundo
Por Jorge Fernández Díaz

Lo conocí personalmente hace mucho tiempo, cuando acababa de terminar Santa Evita, pero era mi ídolo total en los 80, cuando leí su obra maestra: Lugar común la muerte, y también La Novela de Perón, que aparecía por entregas en el semanario político El Periodista. Siempre creí, y Tomás terminó aceptándolo, que La Novela de Perón y Santa Evita formaban una sola obra en dos actos. Ese libro monumental, que se publicará alguna vez, noveliza nada más y nada menos que la historia mítica del peronismo. Perón, Evita y López Rega (Lopecito) son en ese libro fundamental de la literatura moderna, personajes ficcionales inventados por Tomás Eloy Martínez. Y son, a la vez, acaso más verdaderos que las figuras auténticas puesto que suele haber más verdad en la ficción que en la realidad.
Al llegar a su departamento de la avenida Pueyrredón lo abracé y le di un beso y me senté, simulando, con verborragias optimistas, que su postración no me impresionaba.
(…) Hablamos de títulos: Tomás sabía perfectamente por qué La Casa pasó a llamarse Cien años de soledad, cómo la editorial desechó el título que Vargas Llosa traía y le impuso La ciudad y los perros. Tomás fue un gran estudioso del boom latinoamericano, se codeó con los grandes titanes literarios de la región y conocía los secretos de todas esas novelas. Le recordé que Santa Evita no se llamaba de esa manera mientras él estaba escribiéndola. "Es cierto -me dijo-. Pero olvidé qué título le había puesto". Yo no lo había olvidado: La Moribunda. Me miró como si repasara una y otra vez esa palabra. Supe en seguida lo que estaba pensando en aquella dolorosa tarde de enero.
Luego charlamos un rato largo acerca de El Olimpo, una novela corta que escribía por encargo de una prestigiosa editorial inglesa. Me contó que la novela tendría tres niveles: el Olimpo de la mitología griega, el uso del Olimpo por los nazis y finalmente el centro clandestino del barrio de Vélez Sarsfield que abrió la última dictadura militar argentina. "Las historias se entrelazan hasta el final", susurró. Luchaba todos los días, en medio de su tempestad, para poner el punto final antes de morir.
Los escritores no miden su futuro por la cantidad de viajes, mujeres, ratos o adquisiciones, sino por la cantidad de libros que no podrán escribir. "¿Qué vas a hacer después de El Olimpo?", le pregunté con ingenuidad.
Quería hacer un ensayo sobre todo lo que había aprendido alrededor del difícil arte de escribir. Y me narró, como tantas veces, el libro pendiente por dentro. Cómo tomaría de base varias clases que había dado en distintas universidades norteamericanas a lo largo de más de 30 años y cómo contaría allí que Borges era un periodista de alma aunque no lo sabía.
(…) El se pasó la vida buscando la gloria literaria sin darse cuenta de que ya la tenía. Esa búsqueda seguiría hasta el último minuto. Con el último aliento escribiría lo de siempre: una línea más. Una más.


Link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1228314


Notas publicadas en el diario La Nación, el día 1 de febrero de 2010 con motivo del fallecimiento del escritor Tomás Eloy Martínez.


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